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domingo, 26 de febrero de 2012

Colegiata de San Isidro el Real, la desventurada


Escribo “desventurada” porque, a grandes rasgos, esta iglesia, ubicada en la calle de Toledo, “bonita y pintoresca donde las haya”, que dijera Benito Pérez Galdós, ha sufrido a lo largo de su historia grandes pérdidas. Construida con gran suntuosidad para la Compañía de Jesús, en el siglo XVII, el templo hubo que ser abandonada por los jesuitas, luego de su expulsión, en tiempos de Carlos III, para convertirse, reformado su interior, en Colegiata de San Isidro el Real. Mucho mas tarde, en 1936, fue incendiada por las turbas, perdiendo la mayor parte de las riquezas artísticas que guardaba y, por último,  en 1993, con la consagración de la catedral de la Almudena, perdió el carácter de catedral provisional de Madrid que tenía desde 1883. Muchas pérdidas son estas para un solo templo, menos mal que todavía conserva la momia de San Isidro, que se muestra raramente al pueblo, y el aprecio de los madrileños por la que fuera su antigua catedral. 

A esta castiza iglesia colegiata me encamino es esta mañana casi de primavera  para visitarla, creo que por primera vez en mi vida, no sin antes repasar, siguiendo mi costumbre, cual sea su

Historia

Dicen los que saben (o copian de los que saben) que en este mismo lugar hubo, antes del actual templo, una pequeña iglesia jesuítica “muy linda al parecer” (Tormo) dedicada a los santos Pedro y Pablo, construida, no sin superar muchas dificultades y obstáculos, por el jesuita Bartolomé Bustamante (1501-1570), el arquitecto del Hospital Tavera de Toledo, sobre un solar propiedad de la noble portuguesa doña Leonor Mascarenhas (1503-1584), aya de Felipe II y del príncipe Carlos, muy aficionada a los jesuitas, que costeó la edificación, a la que también ayudaron los monarcas, la princesa doña Juana  y otros grandes señores de la Corte. Este templo se inauguró el 25 de enero de 1567 y a la primera misa asistieron el rey  Felipe II, acompañado de la reina su esposa,  la dulce y gentil Isabel de Valois, su hermanastro  don Juan de Austria y el príncipe Carlos.

A lado de este templo surgió el Colegio de la Compañía, antecedente inmediato del Colegio Imperial, de gran prestigio en la enseñanza, pero que queda fuera de nuestro estudio[1].

La segunda construcción se debe a la munificencia de María de Austria (1528-1603), la emperatriz, hermana de Felipe II, la cual, al morir en 1603 en el Monasterio de las Descalzas Reales, dejó gran parte de su fortuna, no sin la oposición de sus hijos, a los jesuitas “para  el acrecentamiento del Colegio, con miras a influir culturalmente en la misma Alemania católica, ardiente enemiga como fue  Doña María del avance protestante[2]

El templo, llamado a ser grandioso, fue comenzado en 1622, el jesuita Pedro Sánchez (1559-1633), quien trazó las plantas de  San Antonio de los Alemanes  y el Noviciado de Madrid, entre otras muchas iglesias, traído para este efecto desde Andalucía por el Conde-Duque de Olivares, con la idea de que construye un templo monumental que dejase pequeñas a todas las iglesias conventuales de Madrid. No se sabe ciertamente que parte de la obra pude atribuirse  a Pedro Sánchez. Según Rodríguez de Ceballos “Sánchez levantó el templo desde los cimientos hasta la cornisa de las bóvedas, teniéndosele que atribuir la planta de única y ancha nave bordeada de capillas como el alzado, de personal y curiosa articulación  de muros y vanos[3].

A la muerte de Sánchez en 1663 se hizo cargo de la ejecución el Hermano Francisco Bautista (1594-1679),  un arquitecto genial, a la par que un magnífico ensamblador de retablos,  al que pertenecen probablemente la culminación del alzado, la cúpula y la fachada de este templo cuyo referente arquitectónico fue la iglesia del Gesú en Roma, obra cumbre de Jacopo Vignola (1507-1573) y modelo para los edificios “sanos, fuertes y útiles” de las iglesias jesuíticas de todo el mundo.

Al Hermano Bautista, que debió estar dotado de una gran imaginación creativa, se le deben innovaciones trascendentales en el barroco madrileño, como la gran cúpula encamonada, tan alabada por  Fray Lorenzo de San Nicolás, siendo esta la primera que se construyó en Madrid y el capitel de sexto orden o del Hermano Bautista, dórico con hojas de acanto corintias. 

El templo, dedicado a San Francisco Javier,  fue consagrado en 1661, el día de San Ignacio, por el nuncio Julio Rospigliosi (futuro papa Clemente IX).

La expulsión de los jesuitas en 1767, produjo importantes cambios. El edificio, nos cuenta Tormo, se dividió en tres partes: una, para viviendas; otra, para trasformar el colegio –cuyos estudios  se inauguraron en 1625- en “Los Estudios Reales de San Isidro[4] “de brillante historia, con cátedras  de Ciencias y Letras, base de las actuales facultades” y la tercera parte, la iglesia, convertida en Colegiata, se dedicó a San Isidro, trasladándose a ella  en 1769 el cuerpo de San isidro (antes en la iglesia de San Andrés) y el de María de la Cabeza (antes en el Ayuntamiento) y, colocando ambos en el altar mayor. En la ya denominada Colegiata de San Isidro el Real iglesia se realizaron obras “de adaptación” trazadas por Ventura Rodríguez (1717-1785) quien proyectó un nuevo presbiterio y el retablo del altar mayor, además de una nueva decoración. Hoy no podemos conocerla sino a través de grabados antiguos.

José Bonaparte, el rey intruso, eligió este templo para las ceremonias religiosas oficiales y con Fernando VII -salvo durante el paréntesis del Trienio Constitucional- volvieron los jesuitas a la iglesia y al colegio.

El 17 de julio de 1834 tiene lugar la matanza de frailes, en la que fueron muertos por las turbas ochenta religiosos, quince de ellos jesuitas, sospechosos de haber envenenado las aguas (en el Colegio Imperial hubo 14 muertos y 5 heridos). Pérez Galdós pinto estas escenas con vivos colores en el Episodio Nacional “Un faccioso mas y algunos frailes menos”. En 1835 se decretó la supresión de la Compañía de Jesús.

En 1885, al crearse la Diócesis de Madrid-Alcalá, la Colegiata de San Isidro se convirtió en catedral “provisional”´.

En 1886, tuvo lugar en las gradas de acceso al templo, un trágico suceso: durante el Domingo de Ramos,  un sacerdote demente, el cura Galeote,  quejoso porque le habían quitado unas misas, mató de tres tiros por la espalda al obispo de Madrid, Narciso Martínez-Vallejo  Izquierdo. El asesino fue internado en el manicomio de Leganés donde murió de viejo en 1922.

En 1936, la iglesia “fue asaltada, después de la sublevación de Franco por las turbas que incendiaron el templo, destruyendo su riqueza artística, salvándose solo parte de la zona de la Epístola para evitar que el fuego pasase al vecino Instituto de San Isidro[5]; “el incendio de esta iglesia en 1936 acarreó “la más lamentable de las pérdidas artísticas sufridas por Madrid en aquellos aciagos años”. El fuego destruyó todas las capillas, con sus retablos, pinturas y esculturas, salvo las colindantes con el vecino Instituto de San Isidro”[6]. El fuego también provocó el hundimiento de la cúpula.

De lo poco que se salvó, aunque con daños, hemos de mencionar, el Cristo crucificado de Juan de Mesa (1583-1624, actualmente en la catedral de la Almudena, aunque en el incendio perecieron las figuras que se agrupaban a sus pies  que representaban a  la Virgen, San Juan y la Magdalena, obras de Pedro de Mena (1628-1688). De esta y de algunas otras obras de arte desaparecidas, como la pintura de Lucas Jordán “San Francisco bautizando” y la talla de la Inmaculada, de la escuela granadina, atribuida a José de Mora (1642-1724) existen testimonios fotográficos anteriores procedentes del Archivo Moreno[7].

Fue rehecha por el arquitecto Javier Barroso Sánchez-Guerra (1903-1990)[8]con ligeras alteraciones que no la favorecen”, según María Elena Gómez Moreno. El arquitecto aprovechó el tiempo del largo proceso restaurador en la fachada principal, desde 1943 a 1953, para concluir el remate de las inacabadas torres, cubriéndolas por sendas cupulillas que sustituyeron a los viejos tejados[9]. El interior se completó con obras modernas y otras antiguas de diversas procedencias.

Queda únicamente decir para acabar la historia de este templo que en 1993 “pasó el testigo catedralicio” a Nuestra Señora la Real de la Almudena consagrada como nueva catedral de Madrid por el papa Juan Pablo II el 15 de junio de 1993.

Una nota última. En 1995, por Decreto del Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid, a propuesta de  la Consejería de Educación y Cultura, la iglesia de San Isidro (antigua catedral) es declarada Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento (B.O.C.M. de 17de abril de 1995).  

Conocida cual es su historia estamos dispuestos a iniciar la visita al templo

Exterior


Escribe Bonet Correa que “en la arquitectura religiosa madrileña el elemento mas característico  es la fachada de la iglesia[10]. La fachada principal de esta colegiata que da a la calle de Toledo es sencillamente monumental con las grandes columnas que la enmarcan y solo es de lamentar su difícil perspectiva.

Construida toda ella en piedra berroqueña, responde aun tipo muy madrileño que es la fachada entre dos torres que en este caso están rematadas por cúpulas, que sustituyen a los primitivos tejados a dos aguas, apreciables en antiguas fotografías.

El pórtico queda acceso al templo se asienta sobre escalinata y está dividido en tres grandes puertas, más alta la central que las laterales. Son apreciables las rejas antiguas, del siglo XVII, con el escudo imperial de María de Austria.

En el segundo cuerpo, en una hornacina se alojan las esculturas en piedra de San Isidro y Santa María de la Cabeza, de Juan Pascual de Mena, aunque rehechas después de 1936.

Interior

Trasponemos el amplio zaguán de entrada para llegar al templo (hay entrada lateral al crucero, por la calle Colegiata). Un cartel, repetido en el interior, nos indica que esta prohibido tomar fotografías y utilizar los teléfonos móviles, aunque dentro no hay nadie que vele por la observancia de este mandato.

La primera impresión que se tiene al entrar, al menos a esta hora de la mañana, son las 11 horas, es la de una imponente monumentalidad sumida en la penumbra. La planta del templo es de cruz latina y de una sola nave, con capillas independientes, unas mas grandes que otras, pero comunicadas entre si interiormente. Por encima de las capillas discurre una especie de triforio alto formado por tribunas y galerías (en origen, habitaciones de los jesuitas). Las capillas están separadas por medio de pilastras, con capiteles corintios del sexto orden del Hermano Bautista, de magnifico impacto visual. Es evidente que la arquitectura del templo es superior a sus mermadas riquezas artísticas.

Nos dirigimos al presbiterio para contemplar el retablo central. El primitivo retablo que tenía la iglesia  fue reformado por Ventura Rodríguez  entre 1767 y 1769, después de la expulsión de los jesuitas, “respetando todas las masas y elementos de la construcción del hermano Bautista”, pero cambiando toda la decoración, “sin respetar el decorado de una sola moldura” (Tormo). Al parecer lo mas notable que este primitivo retablo contenía eran las esculturas de los diez santos labradores, obra de Manuel Pereira  el mejor escultor de Madrid bajo Felipe IV”, aprovechadas por Ventura Rodríguez, aun pintándolas de blanco. Todo este retablo se perdió en 1936.
Misa mayor en la catedral. Muñoz Morillejo 1921

El actual retablo, muy oscuro y cubierto de polvo, es obra del artista polifacético turolense José Lapayese Bruna (1899-1982), que trabajó en las decoraciones del Valle de los Caídos, mientras que las esculturas, inspiradas en los anteriores modelos son de José Luis Vicent Llorente (1926-2003). Lo mas importante del conjunto, que deja bastante que desear si lo comparamos con sus perdidos antecedentes, es el cuerpo central en el que aparece San isidro, rodeado de ángeles, teniendo debajo las arcas que contiene el cuerpo momificado del santo madrileño nota nueva en urna de plata, regalo de Marianade Noeburgo y los restos de su esposa María de la Cabeza. Los demás elementos hacen añorar el anterior retablo cuya magnificencia podemos conocer de lejos por los grabados y pinturas antiguos.

Elevamos la vista para contemplar la cúpula que sustituye a la primitiva cúpula encamonada del hermano Bautista hundida en 1936. La nueva fue levantada por Javier Barroso, siguiendo el modelo de la anterior.
En el pavimento, ante el altar mayor, hay varias lápidas de obispos de Madrid. La mas visible es la del cardenal Vicente Enrique y Tarancón (1907-1994) aquí sepultado junto a sus predecesores en el obispado de Madrid,  los arzobispos Eijo y Garay y Casimiro Morcillo.

Recorrido.

El recorrido lo vamos a hacer de forma canónica empezando desde los pies del templo, por el lado de la Epístola. Nos fijamos solo en aquellos que mas nos llama la atención, remitiéndo para una descripción detallista de las capillas al libro “Iglesias de Madrid”, prácticamente el único que contiene datos actualizados[11]

La primera capilla esta dedicada a Nuestra Señora de los Reyes, patrona de la diócesis de Sevilla y no contiene en lo artístico, a mi juicio, cosa alguna de interés. El retablo que alberga la imagen está precedido por dos santos muy solicitados en este tiempo de tribulaciones San Pancracio, abogado de la salud y el trabajo y de San Expedito, intercesor de casos imposibles, ambos en dura competencia celestial con San Judas Tadeo, patrón del trabajo y de las causas imposibles.

La segunda capilla es la de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena que acoge  a la  Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder  y de María Santísima de la Esperanza, creada en los años 40 del pasado siglo. La talla es del prolífico imaginero  Antonio Eslava Rubio (1909-1983), autor de multitud de obras para la Semana Santa.

La siguiente capilla es, sin duda, la más interesante del templo, salvada “milagrosamente” del incendio. Está dedicada ahora a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder (antes lo estaba al Cristo de la Buena Muerte, talla de Juan de Mesa y Velasco (1583 -1627) trasladada a la Almudena). Lo más bello de esta capilla, cubierta con cúpula encamonada, es su rica decoración, con obras Claudio Coello, quien trabajó mucho como fresquista en esta colegiata, en las pechinas, (grisallas de los profetas  Isaías, Jeremías, Ezequiel y  Daniel) en los gallones de la cúpula (ángeles pasionarios) y el remate con el Espíritu Santo en la linterna. En los laterales pinturas al fresco con ángeles y adornos realizados por el boloñés Dionisio Mantuano, “el mejor fresquista de los reinos hispanos”, seguidor de Mitelli y Colonna, del mayor interés (siglo XVII). El retablo, formado por grandes columnas salomónicas, ricamente decoradas, con un relieve del Padre Eterno bendiciendo en la parte superior, lo considera Tormo obra de un seguidor del Hermano Bautista “algo mas barroco  que el maestro”. Para colmo, en ambas paredes laterales hay dos  dos soberbios lienzos de Francisco Rizzi (1614-1685), uno de los mejores representantes del barroco madrileño, “Cristo ante Caifás”, a la derecha, y “Jesús camino del Calvario”, a la izquierda (“Ecce Homo” y “Nazareno”, según Tormo). De Francisco Rizzi es también el óvalo “Las lágrimas de San Pedro” o “San Pedro penitente” (Tormo), que aparece sobre una puerta lateral. El resto de imágenes carece de interés.

La siguiente capilla está dedicada a San José. Es muy pequeña, casi angosta y tiene en el retablo, barroco, del  XVII, dos pinturas de Herrera el Mozo que representan a San Antón y a San Antonio de Padua. Todos los laterales de la capilla están llenos de lienzos de los pintores de Cámara, Pablo Pernícharo y Benavente  (1705-1760), natural de Zaragoza y Juan Bautista Peña (1710-1773). Del mismo siglo XVIII son la talla del titular y la pintura de la Virgen con el Niño en el ático del retablo.

Continuamos. La siguiente capilla se denomina ahora de las Dos Trinidades (antes se llamaba de la Sagrada Familia) y tiene cosas interesantes, empezando por el retablo, obra magnífica de Sebastián Herrera Barnuevo, escultor, arquitecto y pintor, discípulo de Alonso Cano (aunque algunos creen que es del Hermano Bautista). Del mismo Herrera Barnuevo son las pinturas de santos  de los estilobatos y de la predela. En el centro, valioso cuadro de la Sagrada Familia, también de Herrera Barnuevo “la mejor  obra del artista”, según Tormo.  En la parte superior “aparece” la pintura (que se da por perdida en Wikipedia) “del pintor clérigo” Diego González de la Vega (1628-1697)” con el martirio de los jesuitas del Japón, San Pablo Miki y compañeros crucificados en Nagasaki a finales del siglo XVII. Se cubre esta capilla con una decoración pictórica exquisita que bien pudiera ser del ya citado Dionisio Mantuano.

En el crucero, lado de la Epístola, no hay nada digno de mención, salvo la imagen de Nuestra Señora de la Fuensanta, patrona de la Región de Murcia que ocupa el lugar donde antes estuvo la  Virgen de la Almudena. En el rincón está la sacristía espaciosa pero sin obras de arte. En la pieza anterior, la antesacristía, una lápida recuerda al último cabildo, desde el 25 de julio de 1985 al 15 de junio de 1993.

Pasamos al lado del Evangelio. En un extremo, quizás un añadido posterior a la primitiva fábrica, se halla la Capilla de San Isidro de Naturales, de planta ovalada, resguardada por una verja. En el fondo se vislumbra un interesante altar barroco, con una talla de la Inmaculada Concepción en su centro.

Seguidamente está la pequeña capilla de la Dormición que tiene un bonito retablo con pinturas coloristas y en la parte inferior un grupo escultórico encantador de la Dormición, la Virgen rodeada de los apóstoles, procedente de la capilla de los Santos Médicos (siglo XVII).


La siguiente capilla es la dedicada a San Francisco de Borja y tiene un retablo acodado similar al de Fuente el Saz de Jarama, de José de la Torre y Francisco Rizzi, que no conozco. La pintura, magnifica, de la conversión del duque de Gandía, es también de Francisco Rizzi.

Antes de proseguir, echemos una mirada al púlpito marmóreo, diseñado por el hermano Bautista y que Tormo considera obra maestra.

La capilla de la Virgen del Carmen no tiene mas interés que el haber sido reparada “por la caridad de los británicos” cuyo escudo patrio campea en el ático del moderno retablo. Tampoco  tiene nada de ver la capilla de Santa Rita de Casia.

Más curiosa es la capilla de Nuestra Señora del Buen Consejo que es como “una pequeña iglesia dentro de otra”. Tiene planta de cruz latina, con tribunas en los laterales y cúpula sobre pechinas en el crucero. Es la más grande y hace el papel de parroquia, pila bautismal incluida. Su diseño es de Sebastián Herrera Barnuevo.

Poco interesante tiene la capilla de San Antonio de Padua. En el machón que separa esta capilla de la siguiente, hay una lápida marmórea, fechada en 1622, dedicada por J. Rospigliosi a su sobrino Jerónimo, imposible de leer debido la oscuridad.

La última es la capilla de los Santos Cosme y Damián, con una buena reja  de cierre del siglo XVII y retablo barroco (siglo XVII) en el interior. En la pared no pasa desapercibida, por su gran tamaño, el Santo Cristo de las Siete Palabras obra contemporánea del imaginero sevillano Manuel Ramos Corona.

Creo, después de girada la visita, que la Colegiata de San Isidro es, en verdad, uno de los más hermosos edificios del barroco madrileño, que debería estar mejor cuidado y dispuesto para ser visitado. Es penoso que no haya ni un solo rótulo, ni una mínima  hoja informativa (aunque si muchos “cepillos”) relativa a un templo, construido “a lo grande” para iglesia de la Compañía de Jesús y que fue catedral de Madrid. Este poco interés por enseñar las cosas es algo que vengo observando en no pocas iglesias madrileñas (con notables excepciones) y que sorprende desagradablemente al visitante.

© Manuel Martínez Bargueño
Febrero 2011

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Gracias. Manuelblas

NOTAS



[1] Sobre el Colegio Imperial puede consultarse la obra de José Simón Díaz “Historia del Colegio Imperial de Madrid (del estudio de la villa al Instituto de San isidro, años 1346-1955)". Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto de Estudios Madrileños  1952.

[2] Elías Tormo “Las iglesias de Madrid”. Reedición de los dos fascículos publicados en 1927. Prólogo del marqués de Lozoya. Notas de María Elena Gómez Moreno. Instituto de España, 1972, pág.107.

[3] Alfonso Rodríguez G. de Ceballos. “La arquitectura de los jesuitas” Edilupa ediciones S.L. 2002, pág.99.

[4] A partir del curso 1844-45 quedó de Instituto de Segunda Enseñanza, con la denominación de San Isidro.

[5] Pedro F. García Gutiérrez y Agustín F. Martínez Carbajo “Antiguas Iglesias de Madrid” Ediciones La Librería, págs. 60-61.

[6] María Elena Gómez Moreno en Tormo ,ob. cit.  pág.118.

[7] Eduardo Segovia y Teresa Zaragoza. “Los Moreno. Fotógrafos de Arte”. Ministerio de Cultura. Instituto del Patrimonio Histórico Español. 2005, págs.130-133.

[8] Javier Barroso fue además futbolista y presidente del Atlético de Madrid, como recordarán los viejos aficionados “colchoneros".

[9] “Se sustituyó el granito original del zócalo por aplacado de granito y se sustituyó gran parte de elementos como dinteles, jambas, entablamentos, peldaños, basas de columnas y peanas” (“Las piedras utilizadas en la construcción de los bienes de interés cultural en la Comunidad de Madrid anteriores al siglo XIX” Instituto Geológico y Minero de España 2005 (consulta en Internet).

[10] Antonio Bonet Correa “Iglesias madrileñas del siglo XVII”. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto “Diego Velázquez”, segunda edición, Madrid, 1984, pág.15.

Nota Nueva. Según he leido hay una teoría que considera a San Isidro, muerto en torno a 1172,  como musulmán hasta su conversión. La última vez que se abrió el sarcófago  fue en 1982

[11] Me comentan en la sacristía que uno de los sacerdotes de la Colegiata tiene escrita una descripción, que no me pueden facilitar por estar agotada, pero que sigue la del libro antes citado.