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martes, 22 de mayo de 2012

Y... 100


Piano, piano, como quien no quiere la cosa, este blog “Manuelblas. Madrid”, continuación de otro anterior de contenido más diverso, ha cumplido las 100 entradas. No ha sido fácil llegar hasta este número tan redondo. Tras de esta cifra hay muchas horas de lecturas, de acopio de documentación, de “navegación por Internet”, de “trabajo de campo” y, finalmente, de redacción. Todo este trabajo para hacer compatibles dos propósitos iniciales: ocupar de forma provechosa y gratuita mis ahora mayores ratos de ocio y dar a conocer a posibles lectores algunas de la muchas cosas interesantes que tiene  la ciudad de  Madrid.
No es este –al menos, no desea serlo- un blog “erudito”, aunque busquemos el “nombre exacto de las cosas”, ni tampoco un blog “de investigación”, aunque algunas cosillas hayamos averiguado, sino un blog de “divulgación cultural”, abierto al diálogo y a la participación. La cultura no es, a mi entender, tan solo algo entretenido, sino una forma de hacer más agradable la vida de la gente, de darles convicciones, certezas, seguridades, una sensibilidad que les permita precaverse y afirmar su propia personalidad, mas en estos tiempos que corren.

Mi mayor sorpresa ha sido encontrar un público seguidor, muchas “almas gemelas” que me han a animado y ayudado con sus comentarios, aportaciones y preguntas, a las que he procurado atender en la medida de mis conocimientos e ignorancias. A todos quiero agradecer su confianza y hacer promesa de continuación de este y otros blogs abiertos que todavía no han llegado la marca centenaria,  mientras cabeza, corazón y piernas me respondan.   
Por último, en este alto en medio del camino, quiero deciros que acabo de formar un grupo “Amigos del blog Manuelblas.Madrid”, al objeto de intercambiar, noticias, historias, fotografías, videos etc. sobre este Madrid inacabable e inagotable que espero os gusten.

Si queréis pertenecer a este grupo “sin riesgo”, no tenéis mas que enviarme un correo a la dirección que figura al final de estas líneas.

Gracias por vuestra atención y hasta la entrada 101.

Manuelblas.

Mayo 2012

Si os ha interesado esta entrada y queréis entrar a formar parte del grupo “Amigos del blog. Manuelblas. Madrid”, ponedme un correo a esta dirección manuelblas222@gmail.com con la indicación “Grupo” e indicar el correo al que deseáis se hagan los envios.

lunes, 21 de mayo de 2012

HUELLAS DE VALERA EN MADRID


El escritor Juan Valera y Alcalá- Galiano nació en Cabra (Córdoba) el 18 de octubre de 1824 y murió en Madrid el 18 de abril de 1905. Al menos cuarenta, de sus ochenta y un años de vida los pasó en Madrid, donde volvió siempre al término de sus misiones diplomáticas por el mundo, conviviendo con lo mas florido de la sociedad madrileña, frecuentando los palacios y salones de moda, y logrando amistades excelentes entre la nobleza, los políticos y los artistas que le sirvieron para subir cuanto pudo en la escala social, hacerse un nombre ilustre como escritor y progresar en su carrera política.
La biografía de Valera,  el escritor mas cosmopolita del siglo XIX,  es, desde luego, fascinante, siendo su principal fuente de conocimiento su abundantísima correspondencia[1]  -se dice que podía escribir hasta ocho cartas diarias, sin merma de sus otras ocupaciones-. En sus cartas, quizás lo mas interesante de su literatura,  se muestra brillante, irónico, ocurrente, curioso de lo que ve y observa, haciendo gala de su gran cultura y recursos expresivos. 

Valera fue todo un personaje en lo humano y en lo literario. Hombre de mundo, espíritu fino y exquisito, reñido con lo vulgar, aunque con flaquezas humanas, persiguió en su obra “el arte por el arte”, especialmente en sus novelas, escritas en su madurez, en las que la belleza formal de la prosa se sobrepone a la trama argumental y donde sus personajes, aunque sean tipos andaluces castizos, se expresan, hablan y escriben con toda pulcritud y propiedad, como lo haría el propio autor.
Quien entendió mejor a Valera fue otro escritor, antítesis suya, mas en lo político que en lo humano, Manuel Azaña, quien estudió su figura, obra y estilo en su libro “Vida de Juan Valera” por el que obtuvo en 1926 el Premio Nacional de Literatura[2].  Sin sentir excesiva simpatía ni por el autor ni por su obra, Azaña valora su perfección de estilo y la modernidad de su prosa y, en concreto de “Pepita Giménez”, su obra mas lograda, destaca su importancia en la renovación del género novelístico español.[3]
Sorprende a Manuel Azaña que Valera, conocedor a fondo de la capital y su gentes, que sabia al dedillo innumerables, historias, chismes, genealogías, enredos y aventuras de la sociedad madrileña, no escribiese ninguna novela ambientada en Madrid y piensa mal, y quizás acierta, al aventurar que “la sociedad de Madrid no le inspiraba lo suficiente” para escribir  una historia “bonita” como las que a él  agradaban embellecida por la distancia  o el recuerdo. Sin embargo, aunque no tenga una novela plenamente madrileña si  se encuentran alusiones a la “heroica Villa de Madrid” en algunas de sus novelas como “Las ilusiones del Doctor Faustino” (1875), “El Comendador Mendoza”(1876) o “Pasarse de listo” (1878)[4].


Tuvo Valera diversos domicilios en Madrid pero el más conocido, allí donde le recuerda una lápida colocada en 1912 por el Ayuntamiento de Madrid, es el último que habitó, al final de sus días, en Cuesta de Santo Domingo nº 3. En este noble edificio[5], en el piso bajo derecha, donde durante muchos años estuvo instalada la Escuela Central de Idiomas, vivió Valera, septuagenario, ya cesante en empleos oficiales y enfermo de la vista, prácticamente ciego, como Galdós. Cuentan sus biógrafos que, enfrascado en sus soliloquios, salía muy poco, tan solo, a veces, a algunos salones, al teatro o a la Real Academia Española de la Lengua y que se hacia leer libros, en español, por un secretario, en francés o alemán, por un clérigo de Estrasburgo y en griego por un profesor de la Universidad de Madrid. No obstante mantenía una tertulia con unos pocos fieles amigos, entre ellos Marcelino Menéndez Pelayo que era treinta años mas joven.
En 1905, al acercarse las fiestas conmemorativas de la edición del Quijote, la Real Academia le encargó a Valera un discurso para leerlo en sesión solemne. Terminándolo lo encontró la muerte, por lo que se puede decir que  don Juan Valera murió escribiendo.


Me he acercado a visitar esta casa prócer, que, aún maltrecha, conserva todavía cierta prestancia. La placa artística colocada en la fachada,  a la que antes hacíamos referencia, es obra del escultor Esteban Calleja y fue inaugurada el 8 de abril de 1913. En el lado derecho, aparece la figura de la Gloria que lleva un ramo de laurel que posa sobre la cabeza del novelista. En el centro se lee la siguiente inscripción “En esta casa vivió y murió el eminente literato Don Juan Valera y Alcalá Galiano”.   
Monumento a Valera recientemente inaugurado en Madrid

El Sr. Francos Rodríguez pronunciando su discurso en la inauguración del monumento a Valera
Todavía, otro monumento, aún más céntrico que el anterior, recuerda en Madrid al escritor egabrense. Se trata del erigido en el Paseo de Recoletos, a iniciativa de la Real Academia Española de la Lengua e inaugurado el 8 de junio de 1928. Es obra del conocido escultor Lorenzo Coullaut-Valera (1876-1932), sobrino del escritor, ejecutada en piedra caliza blanca y fue restaurado en 1992. En el destaca la figura femenina sentada en unas escaleras en la parte inferior, que se ha dado por identificar con Pepita Giménez. Por encima, el busto de Valera aparece como expuesto en una picota. En la parte trasera, difícilmente visible, hay un bajorrelieve de  Dafnis y Cloe. Cuando se inauguró tenía por delante, tal como se aprecia en la fotografía, un estanque, hoy convertido en parterre, cuya ausencia acentúa la sensación de falta de gracia del conjunto. Aunque se tiene por una de las mejores obras del escultor sevillano, particularmente no me agrada y creo que no soy el único al que esto le pasa.   Juzguen por ustedes mismos.


© Manuel Martínez Bargueño
Mayo, 2012

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NOTAS



[1] La Correspondencia de Juan Valera está siendo editada en varios tomos por Editorial Castalia, edición dirigida por L. Romero Tobar.

[2] El manuscrito de esta obra estuvo perdido muchos años y  se encontró en 1984 entre los papeles del comisario de policía Comín Colomer.

[3] Manuel Azaña. “Ensayos sobre Valera”. Alianza editorial 1971, pág. 56.

[4] Luis López Jiménez. “Don Juan Valera: La vida y la obra en Madrid” Ayuntamiento de Madrid. Instituto de Estudios Madrileños. Madrid, 1996.

[5] Aquí vivió los últimos años de su vida el general Martínez Campos y residió también García Prieto. Igualmente tuvo aquí su bufete de abogado, José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange española

miércoles, 16 de mayo de 2012

MONUMENTO A ISABEL LA CATÓLICA


Cuentan los cronistas de la Villa[1] que el Paseo de la Castellana fue puesto de moda por la famosa Duquesa Ángela de Medinaceli, allá por el año 1854. Anteriormente los paseantes en coche no solían pasar de la Puerta Recoletos[2]. Años después, el 31 de enero de 1878,  se inauguró, al final de este paseo, el Hipódromo de la Castellana cuya situación se corresponde con el lugar que ocupa la Plaza Elíptica y los Nuevos Ministerios y que no solo se utilizaba para competiciones hípicas[3] sino que, al igual que otros escenarios sociales, como el teatro, los paseos o la ópera servía para que aristócratas y burgueses se “dejaran ver” y entretejieran entre ellos amistades y alianzas.  Este Hipódromo se desmanteló en 1933 para prolongar el paseo de la Castellana.

La zona superior la Hipódromo, se conocía con el nombre de “Los altos del Hipódromo” y en ella había, según aparece en viejo grabados y fotografías, unos jardines, y, mas arriba, se alzaba  el edificio del Palacio de la industria y de las Artes, construido entre 1881 y 1887 por los arquitectos  Fernando de la Torriente  y Emilio Boix Merino e inaugurado el 21 de marzo de 1887 por la Reina Regente, María Cristina  con la primera Exposición Nacional de Bellas Artes  a la que siguieron varias mas (hasta 1899). Más tarde parte del edificio se destinó a cuartel de la Guardia Civil mientras que en otra parte se instaló la Escuela de Ingenieros Industriales (1907)  y, desde 1910, el Museo de Historia Natural (actual Museo Nacional de Ciencias Naturales).
Pero no es del antiguo Hipódromo de la Castellana ni del edificio del Palacio de las Artes e Industria de lo que queremos hablar hoy, sino de algo mas concreto y visible al paseante: el monumento a Isabel la Católica, situado a pie de calle en un oasis urbano, enclavado en la parte baja de unos espacios ajardinados donde los estudiantes de la vecina Escuela de Ingenieros acostumbran a reponer fuerzas y tomar el sol durante los días propicios.

No siempre estuvo aquí este monumento. Los madrileños más añosos lo recordamos, vagamente, -la memoria urbana se borra con el tiempo-, ubicado en medio del Paseo de la Castellana, en el mismo lugar en que fue inaugurado oficialmente a las dos y media de la tarde del 30 de noviembre de 1883.

Cuentan las crónicas[4] que este monumento, costeado por el Ayuntamiento de Madrid, fue inaugurado por S.M. El Rey Alfonso XII y el Príncipe Imperial Federico Guillermo (futuro emperador Federico III acompañado de las reinas Doña María Cristina y Doña Isabel y las infantas Doña Isabel y Doña Eulalia.


El monumento en su estado original constaba  de un grupo escultórico en bronce y de un “soberbio pedestal”, obras ambas del “distinguido artista D. Manuel Oms[5], pensionado de cuarto año en la Academia de Bellas Artes de Roma”.
El pedestal, que ya no existe y por eso lo detallamos ahora, era “digno del grupo” y estaba formado por un basamento liso con escalinata de piedra que sostenía un cuerpo central cilíndrico “de estilo árabe”, flanqueado por cuatro cuerpos salientes apoyados en sendas esbeltas columnas. Uno de sus frentes estaba decorado por los escudos de la Villa de Madrid y de los Reyes Católicos y en el entablamento de los cuerpos salientes figuraban los de Castilla, León, Aragón y Navarra. En el otro frente había una inscripción con caracteres góticos cuyo texto se corresponde, casi exactamente, con el actual.

Este monumento, que estaba situado de un pequeño espacio ajardinado y rodeado de una verja, en medio de la calle, fue trasladado a su actual ubicación en 1954 para facilitar el tránsito rodado y es alli donde hoy podemos verlo y fotografiarlo. 

El espacio donde se ubica está rodeado de árboles y precedido de un ancho estanque con surtidores. Alrededor, bancos de piedra, bastante incómodos. En el ambiente hay una notable humedad que desaconseja la parada.


El grupo escultórico está formado por tres esculturas: la ecuestre de Isabel, que aparece revestida con armadura, manto real y corona, llevando en una mano una gran cruz y en la otra las riendas; toman las bridas de la cabalgadura, dos célebres figuras de su reinado, a un lado, el cardenal Pedro González Mendoza, en traje talar, que tan poco cuadra a tan altivo personaje y, al otro, el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, armado como corresponde. Los tres se apoyan en un basamento de bronce que figura una roca.
El pedestal  actual, -me pregunto adonde iría a parar el anterior- tiene forma ochavada y está  hecho en granito. En los chaflanes, los escudos de Castilla, León, Granada y Aragón.


En la parte frontal, que da al paseo, hay una lápida de caliza sobre el pedestal que lleva el escudo coronado de la Villa de Madrid y  esta leyenda: “A Isabel la Católica bajo cuyo Glorioso Reinado se llevó a cabo la Unidad Nacional y el Descubrimiento de América. El pueblo de Madrid. 1883”. Este texto es similar al antiguo, salvo que en aquel se decía “las Américas”, en plural.
Esta bien que Madrid dedicara una estatua a la reina Isabel, quien al menos desde 1477, estuvo vinculada a la Villa[6], convirtiendo al antiguo cazadero de los Trastamara, en un  lugar con peso político específico, capaz de albergar y satisfacer las necesidades de una Corte itinerante. 

Sin embargo, debo reconocer que el texto de la dedicatoria me irrita por su tremenda falsedad, insoportable hoy día. Hasta el más ignorante alumno de ESO sabe, o por lo menos debería saber, que la “unidad nacional”, en minúsculas, no se consumó, si es que alguna vez lo ha hecho, hasta bien entrado el siglo XIX. En el tiempo de Isabel, los reinos peninsulares tenían leyes e instituciones independientes, siendo su único punto de unión la figura del monarca. En lo tocante a Aragón, el reino continuó siendo independiente hasta la muerte de Fernando el Católico, en 1516 y por lo que respecta a Navarra no fue incorporado a Castila, respetando sus Fueros, hasta  1515 (la reina murió en 1504).
La historia no hay que falsificarla ni enmendarla y, si lo hicieron nuestros antepasados, bueno es que ahora los actuales lo rectifiquemos. Por eso, me gustaría proponer a los responsables de estas cosas, que parece interesan tan poco, salvo a quienes buscamos la verdad histórica para conocernos mejor, instar al Ayuntamiento al cambio de la inscripción para que sencillamente diga así: 
A

ISABEL LA CATOLICA

EL PUEBLO DE MADRID

Invito a los lectores interesados a sumarse a esta iniciativa dejando un comentario de apoyo a la propuesta.

© Manuel Martínez Bargueño
Mayo, 2012

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NOTAS

[1] Pedro de Répide “Las calles de Madrid”. Afrodisio Aguado S.A. , cuarta edición, abril de 1981, pág,137.

[2] La Puerta Recoletos estaba donde hoy está la Plaza de Colón y enlazaba, a través de la cerca,  con la Puerta de Alcalá y la de Santa Bárbara. Fue erigida por Fernando VI en 1756 y se derribó en 1859.

[3] La afición a las carreras de caballo comenzó en España durante la minoría de edad de Isabel II. El primer Hipódromo que hubo en Madrid se hizo en la Casa de Campo y luego parece que hubo otro hacia la calle Almagro. Cuenta Pedro de Répide  que, aunque la hípica nunca llegó a ser un deporte popular, los días de carrera solía reunirse en los desmontes de Chamartín una gran multitud, curiosa por ver el desfile de carruajes por la Castellana. Eran característicos,  escribe el cronista de Madrid, los “mail-coach”, carruajes guiados por sus dueños y cuyo paso anunciaban largas y sonoras trompetas, como las diligencias inglesas a las  que imitaban. Fueron famosos los de Fernán Nuñez, Villamejor, Laguna y Perico Aladro “pretendiente al trono de Albania” que aparece en “La Quimera” de Emilia Pardo Bazán.

[4] La Ilustración Española y Americana nº XLVI, pág. 347.

[5] Manuel Oms y Canet (Barcelona 1842- Barcelona 1899) era hijo del también escultor Vicente Oms con quien se inició. Estudió en la Escuela de bellas Artes de La Lonja y completó su formación como pensionado en la Academia de Bellas Artes de Roma. Su trabajo se divide entre Madrid y Barcelona, aunque solo algunas pocas obras suyas han llegado hasta nosotros.

[6] Tampoco es ocioso recordar que cuando Isabel “se proclamó” reina de Castilla en Segovia, fue Madrid, junto con Plasencia, la única ciudad castellana que no “alzó pendones” por la nueva reina, manteniendo su fidelidad a Juana, la hija de Enrique IV, hasta que el Duque del Infantado tomó el Alcázar  para la reina Isabel. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

SAN ANDRÉS Y CAPILLA DE SAN ISIDRO


Si me preguntaran cual es mi barrio favorito de Madrid, con toda probabilidad me decantaría por el barrio de San Francisco, “uno de los barrios  de estructura mas clara de todo Madrid”, que dijera Chueca Goitia[1],  cuyo punto neurálgico es la Puerta de Moros donde me hoy me encuentro para visitar  la “estupenda” capilla barroca de San Isidro enclavada entre la  Plaza Carros, Plaza San Andrés y la Costanilla de San Andrés cuya cúpula, elevada sobre enorme pedestal, basta para magnificar este singular punto de la geografía urbana madrileña.
Antes de iniciar la visita, y siguiendo nuestra costumbre, nos documentamos lo mejor posible para conocer cual es su

Historia
La parroquia de San Andrés es una de las diez iglesias más antiguas de Madrid que figura extramuros en el Apéndice al Fuero de Madrid (1202).  Su importancia histórica le viene dada, fundamentalmente, porque en este arrabal mozárabe, vivió San Isidro Labrador, feligrés de la parroquia que allí fue bautizado y sepultado, primero en el cementerio y luego en la nave (1212).

De este primitivo templo, edificado probablemente sobre una antigua mezquita, nada queda, aunque se sabe que era “medio mudéjar, medio gótica”, que estaba orientada hacia Levante, paralela a la capilla del Obispo y que contaba con presbiterio ochavado y se cubría con bóveda de crucería.
Con la canonización de San Isidro (en 1622), quiso la Villa construir una capilla funeraria digna y adecuada para sepulcro del patrono de Madrid, cuyos restos se conservaron por breve tiempo en la inmediata Capilla del Obispo (desde 1518 a 1574, en que fueron devueltos la iglesia).

No cabe aquí  la historia de la alternativa de proyectos y los recursos y las obras”, como anota Tormo[2]. Baste  decir que las primeras trazas fueron dadas por Juan Gómez de Mora en 1629, quien “concibió la capilla como un edificio independiente, con gran lujo y riqueza ornamental que no se ejecutó”. [3]En 1643, luego de un concurso convocado al efecto y al que se presentaron los mejores arquitectos de la época,  se puso la primera piedra según proyecto del arquitecto ganador  Pedro de la Torre (1596-1677), “entallador muy conocido, consocio del hermano Bautista y una delas figuras mas importantes del retablo barroco madrileño[4], quien cambió la orientación de la capilla para conseguir mayor volumen e independencia con respecto al viejo templo, si bien las obras, que no habían pasado de la cimentación quedaron interrumpidas durante siete años. En 1656 se arruinó definitivamente el primitivo templo que era “viejo y mezquino”. La obra fundamental de la capilla, “magnífica en su barroquismo” se labró desde 1657 bajo la dirección de José de Villarroel sucedido a su muerte, en 1662, por Juan de Lobera, arquitecto y retablista y Sebastián Herrera Barnuevo, inaugurándose solemnemente la capilla en 1669.  En las obra se invirtieron sumas enormes aportadas por la Corona, la Corte y la Villa, la Mitra y las ciudades del antiguo Reino de Castilla y los Virreinatos de México y Perú.
En los aciagos días de 1936, la iglesia y capilla, declarada Monumento Histórico Artístico de carácter Nacional en 1925[5], fue incendiada y saqueada, quedando totalmente destruida, incluidos esculturas, pinturas[6]  y retablos, salvándose solamente el exterior de la capilla.


De como era la iglesia con anterioridad nos ilustran antiguas fotografías tomadas antes de 1936 por Vicente Moreno en las que podemos apreciar el interior del monumento, su cúpula y detalles de su abigarrada decoración. La comparación con las tomadas después de la destrucción prácticamente total nos enseñan como tales daños causados por la mano insensata del hombre no debieran pasar nunca jamás.

En la posguerra, sobre las ruinas de la iglesia, se construyó la casa y el despacho parroquial y con los restos de la antecapilla y del crucero se hizo una iglesia nueva, quedando aislada de la capilla que se tapió.
Tras algunas obras menores de conservación, su restauración se inició por los arquitectos José Manuel González Valcárcel (1913-1992), según proyectos de 1971-75, quien reparó la cúpula e inició su policromía y María Ángeles Hernández Rubio Muñoyerro quien rehízo los yesos desde la cúpula hasta el entablamento (1977-81). Estas obras fueron promovidas por el Ministerio de Cultura.

La reconstrucción y tercera restauración tuvo lugar entre 1987 y 1991, según proyecto de  Javier Vellés Montoya, en colaboración con María Casariego y Fabriciano Posada. Estas obras fueron promovidas por la Comunidad de Madrid y realizadas por la empresa constructora CABBSA y merecieron el premio de Arquitectura, Urbanismo y Obra Pública del Ayuntamiento de Madrid en 1990 y la Medalla 1991 de los premios Europa Nostra a la Protección del Patrimonio Arquitectónico y Natural Europeo.
Exterior

Empezaremos por estudiar el exterior de la Capilla de San Isidro, la única parte monumental.


Su exterior es “tímidamente “barroco, según Bonet Correa.  Lo forma un gran cuerpo cuadrado o cubo de ladrillo, elevado sobre un gran podio, en el que se abren  una única ventana por cada lado. En las esquinas, dobles pilastras de piedra, de fuste liso y orden compuesto que sostienen  un enorme entablamento de ménsulas pareadas sobre el cual corre la cornisa coronada con decoración de pináculos. Sobre este cuerpo se alza una cúpula poliédrica de ladrillo y pizarra, compuesto por un gran tambor octogonal de pilastras hexagonales con ventanas y nichos donde se alojan  las estatuas de los Doce Apóstoles y  los Evangelistas, dos en cada lado,  talladas en piedra caliza de Tamajón por el escultor Juan Cantón de Salazar (siglo XVII) y no hace muchos años restauradas. Chueca Goitia, con un punto de exageración,  señalaba su parecido con un monumento de perfil musulmán y la verdad es que a la vista resulta una construcción un tanto extraña, quizás por su monumentalidad.

Son importantes, por la proyección que alcanzará el modelo en el barroco madrileño,  las dos portadas laterales que dan paso a la capilla de San Isidro. Bonet Correa escribe que “por primera vez en Madrid, vemos un tipo de portada que tiende a salirse de la superficie del muro, que cobra independencia con respecto a este y no tiene carácter tectónico o constructivo”. Están flanqueadas por columnas pareadas de orden compuesto que sostiene una animada cornisa con pináculos y hornacinas. Están hechas de piedras de diferentes colores y por su composición recuerdan a los retablos de madera.


La portada que da a la Costanilla de San Andrés tiene un relieve del Milagro de la Fuente, mientras que en la parte superior hay una escultura de la Virgen con el Niño


En el otro lateral,  hay un relieve con el Milagro del Pozo y arriba una escultura de San Andrés, obra de Manuel Pereira (siglo XVII) recientemente restaurada. A ambos lados de esta portada vemos sendas placas modernas, dedicadas por el Ayuntamiento de Madrid, a Juan López de Hoyos, que fue párroco de esta iglesia de San Andrés y al bañezano Juan Ferreras García “eminente historiador, esclarecido teólogo, filósofo y científico, inspirado literato y poeta, cofundador de la Real Academia española y de la Librería Real,  párroco de esta iglesia en el siglo XVIIl [7].
En la misma zona del jardín de la parroquia, una vez traspuesta la cancela, vemos otras varias placas conmemorativas, a saber, una dedicada al párroco Lorenzo Rodríguez Muñoz, alma mater de la restauración del templo, de 1999; otras agradeciendo a la Fundación CajaMadrid su ayuda para la compra de un órgano litúrgico y para enmarcar y colocar diversas pinturas en 2004, otra mas con una breve historia del templo, del Colegio de Arquitectos; también en este jardín de San Andrés hay  un pequeño monumento dedicado a conmemorar el 150 aniversario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada  Concepción, de 2004, obra del escultor José Luis Mayo Lebrija y, por último una campana de bronce donada por el empresario italiano Claudio Chiais y fundida en Italia en mmoria a las victimas del 11M , colocada en 2005.

Interior
Nada de lo que vemos puede compararse  a lo que aquí hubo y pereció debido la barbarie de los tiempos. El interior de la iglesia, al que se accede desde los laterales de la antecapilla decepciona bastante. La parte de la iglesia o antecapilla, que ocupa también el antiguo cementerio,  está restaurada en un orden toscano a base de tonos grises, blancos y rosas.  El techo es plano, de madera a base de casetones.


La zona del presbiterio, antigua capilla de San Isidro, tiene forma ochavada y está decorada de manera que quiere asemejarse la antigua, a base de estucos con motivos vegetales, angelitos alados y otras figuras, pero con dudoso gusto, a nuestro juicio.

En el altar mayor, donde antes estuvo el baldaquino de Juan de Lobera que albergaba la urna de plata con las reliquias del santo, no debe pasar desapercibido una magnifica talla de Cristo crucificado, del taller de Pedro de Mena, que procede de la capilla del Obispo. Ni las tallas modernas ni los cuadros  que le rodean merecen comentario artístico alguno.
© Manuel Martínez Bargueño
Mayo, 2012.

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NOTAS

[1] Fernando Chueca. “El semblante de Madrid”. Instituto de Estudios Madrileños, 2ª edición. Madrid, 1991, Pág.151-2.
[2] Elías Tormo. “Las iglesias del antiguo Madrid”. Reedición de los dos fascículos publicados en 1927. Instituto de España. 1972, pág. 39.
[4] Antonio Bonet Correa “Iglesias madrileñas del siglo XVII”, segunda edición corregida y aumentada. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto Diego Velázquez. Madrid. 1984, pág. 37.
[5] Real Orden de 2 de diciembre de 1925 (Gaceta del 9 de diciembre). Por Decreto 16/1995, de la Comunidad de Madrid, de 23 de febrero, se declara Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento, la iglesia de San Andrés, sita en la costanilla de San Andrés número 7de la villa de Madrid.
[6] Entre las obras de arte que allí se conservaban debemos mencionar los lienzos de Juan Carreño de Miranda “El milagro de la fuente” y “Alfonso VII reconociendo el cadáver de San Isidro” y de Rizi “Alfonso VIII en Las Navas de Tolosa” y “El milagro del El Pozo” (“Los Moreno. Fotógrafos de Arte”. Ministerio de Cultura. Instituto del Patrimonio Histórico Español, 2005.
)
[7] Juan Ferreras García (1652-1735) fue el primer historiador de renombre que hubo en España. Su obra principal es una Historia de España en 17 volúmenes  que lleva el título de “Sinopsis histórico- cronológica de España formada por los autores mas seguros y de buena fe” .

viernes, 4 de mayo de 2012

PALACIO DEL MARQUES DE VILLAFRANCA


En nuestra entrada anterior dedicada a la calle de Don Pedro, dejamos pendiente la visita a uno de los palacios mas ignorados de los madrileños, el llamado palacio del Marqués de  Villafranca, actual sede de la Real Academia de Ingeniería (RAI), en la calle de Don Pedro nº 10. La visita gratuita para grupos y curiosos sueltos puede realizarse los miércoles y jueves de cada semana llamando previamente al teléfono 915282001. 
Damos por conocida la historia del palacio que contamos resumidamente en la entrada anterior y la ampliaremos solamente en la medida que sea precisa conforme vayamos avanzando en la visita.


Esta comienza puntual a las diez de la mañana, una vez trasponemos el imponente zaguán de entrada. El grupo de profesores jubilados, al que me asocio, es recibido por nuestra amable anfitriona, Ana Pérez Vicent, quien nos acompaña en la visita dándonos en todo momento las explicaciones puntuales y  precisas. Los lectores que deseen ampliar lo que aquí comentamos, pueden consultar la página web de la RAI [1] donde, a grandes rasgos, se cuenta la historia del palacio y de su recuperación[2].


Duquesa viuda de Pino-hermoso

La visita comienza por el patio interior, donde podemos apreciar la galería metálica construida por el “notable artista” Arturo Mélida[3] a finales del siglo XIX, cuando el palacio estaba habitado por los condes (ella luego duquesa)[4] de Pino–hermoso[5]. La duquesa de Pino-hermoso, de nombre Enriqueta Maria Roca de Togores y Corradini (1842- ¿?), I duquesa de Pino-hermoso, IV condesa de Pino-hermoso y VIII condesa de Villaleal, estuvo casada con Pablo Perez-Seoane y Marín (1831-1901), conde de Velle, miembro del partido conservador y senador vitalicio del Reino. Según cuentan las crónicas de sociedad, estos aristócratas reunieron en el palacio un buen número de obras de arte tanto heredadas de sus antepasados como de artistas modernos. Fueron famosas las veladas literarias que se celebraban en los salones del palacio, decorados por reputados artistas así como “los bailes suntuosos, algunos favorecidos por la presencia de augustos personajes”.



En la visita veremos salas modernas, funcionales, adecuadas para los usos académico y representativo de la Institución y salas antiguas restauradas. Las primeras no merecerían mayor atención sino fuera porque  en una de ellas, denominada Salón de Plenos, se encuentra una de las “joyas ocultas” de la casa, nada menos que 17 metros (20 según la página de la RAI) de la muralla cristiana (o muralla medieval) de Madrid (siglo XII). Esta realizada en mampostería de sílex unida con argamasa de cal y arena y tiene 4,5 metros de altura. Este trozo de muralla, de lo poco que se conserva pues la muralla fue demolida en el siglo XVI,  es de mayor extensión que el que podemos ver en la calle de los Mancebos donde están las traseras del palacio.


Otra grata sorpresa, a continuación de la anterior, pasando ¡por un aseo de señoras! es un túnel o galería de forma abovedada, construida en ladrillo, que nuestra amable acompañante nos dice ser  los restos de uno de los viajes de agua (¿quizás del viaje de Amaniel o de Palacio?) que abastecían la ciudad desde el siglo VII  hasta la creación del Canal de Isabel II, bien entrado el siglo XIX. Estos “viajes” tomaban el agua de la sierra (o de acuíferos) y a través de una red extendida por toda la Villa (en total tenían 124 kilómetros) surtían de agua a las numerosas fuentes públicas de donde la recogían los aguadores que hacian la distribución a las casas que no disponían de fuente o pozo propio. El servicio era tan importante que estaban al cuidado de un Maestro Mayor de Fuentes que era un cargo municipal nada despreciable (solía recaer en el Maestro Mayor de Obras de la Villa). Las aguas se clasificaban, según he leído luego, en “aguas finas” y “aguas gordas”. Las primeras eran las más aptas para el consumo humano mientras que las segundas, igualmente potables, se empleaban mas para el riego o limpieza.  Nunca antes había visto un viaje de agua y me llama la atención la amplitud y altura de esta canalización, aunque el suelo se encuentre trasformado. No dejen de verlo, si pueden.    
Subimos a la primera planta, dejando a un lado las salas nuevas de trabajo de la Academia. Mientras avanzamos, por el interior de la galería, hacia la parte restaurada del palacio, digamos que la Academia de Ingeniería fue creada por Real Decreto 859/1994, de 29 de abril, siéndole concedida el título de Real en fecha 14 de julio de 2003 y que en 2005, Patrimonio del Estado le cedió la “porción pública” del palacio como sede, cuyo último ocupante estatal fue la Agencia del Aceite de Oliva, a cambio de que se ocupara del acondicionamiento del inmueble (que forma parte del Patrimonio Histórico Español) muy maltrecho y de la restauración de sus instalaciones.

Las actuaciones han operado sobre dieciocho estancias, algunas de la cuales visitamos a continuación. Estas salas habían perdido parte del encanto que tenían en los siglos pasados, cuando lo habitaban la duquesa de Pino–hermoso  y sus descendientes, los condes de Riudoms[6], por cuyo título fue conocido el palacio en el siglo XX. Posteriormente, años 60 y 70 del pasado siglo, estas salas estuvieron ocupadas por el restaurante de lujo “Puerta de Moros” sede de “conspiraciones políticas” durante los años de la Transición, de celebración de cenáculos literarios y frecuentado, según es fama, por  figuras populares como Ava Gardner o Jackie Kennedy.

La primera sala  que visitamos es la llamada sala de Foros, antiguo comedor decorado por Mélida en un estilo ecléctico, a base de madera y bronces. Destacan, el techo de madera,  los aparadores, algunas piezas de sillería y la alfombra restaurada por la Real Fábrica y desentona un cierto mobiliario moderno colocado para hacer la estancia mas confortable.


El siguiente salón, muy atractivo, es el antiguo salón de fiestas y reuniones (lo llaman salón de baile) decorado en un cierto estilo pompeyano, donde se encuentra una magnifica chimenea de mármol blanco, una mesita que parece ser de las mas antiguas del palacio y una estatua de una diosa que tampoco se ha movido del sitio en muchos años. Del techo, pintado en tonos azules, pende una buena lámpara de cristal de Bohemia. El suelo está restaurado.

La tercera sala pudo ser la biblioteca del palacio y hoy es el despacho del afortunado, por habitarla, secretario general de la RAI. También se la llama sala renacentista, por los motivos de las cerámicas de Arturo Mélida, todas ellas firmadas, en la chimenea, puertas y techo decorados con platos de cerámica con personajes históricos.  


La siguiente es el antiguo gabinete donde destaca, ademas del techo,  una imponente chimenea de caoba de estilo barroco y un enorme cuadro, copia de Rubens de la regente de Francia, María de Médicis, la que se ve acompañada de su hijo, Luis XIII, de nueve años,  y de otro personaje (¿Enrique IV?). El original se encuentra en el Museo del Louvre y formaría parte de la serie de 24 telas encargadas al pintor por la reina, para exaltar su acceso al poder, con destino al palacio de Luxemburgo.

La última de las estancias que visitamos es el actual despacho del presidente donde es de admirar la suntuosa chimenea decorada con delicados motivos, el techo pintado por el coruñés Joaquin Vaamonde (1871-1900) y la mesa de despacho del siglo XVIII.


Desde aquí, pasando por un pequeño hall, descendemos por la soberbia escalera de honor,  ornada con un magnifico tapiz flamenco, como pieza mas destacada. Las ventanas conservan todavía los escudos nobiliarios de sus ilustres antiguos propietarios.

Y sin mas salimos otra vez al zaguán y marchamos cada cual a su mester, no sin agradecer a nuestra acompañante sus atenciones y felicitar a la RAI por la obra de restauración realizada en este palacio madrileño que ojalá sea, a partir de ahora, un poquito mas conocido y admirado.
Una última sugerencia que por mi parte quiero hacer a los responsables de la organización es la inversión del orden de la visita, de forma que esta se inicie ascendiendo por la escalera de honor a la planta noble para luego seguir el recorrido a la inversa del que hemos llevado, y,  en segundo lugar ampliar el número de salas porque sospecho que hay alguna mas que no hemos visto en esta interesante visita que recomiendo a todos los lectores de este blog.

© Manuel Martínez Bargueño
Mayo, 2012
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Gracias.Manuelblas

NOTAS

[2] La historia del palacio está recogida en una obra  titulada “La sede de la Real Academia de Ingeniería. Historia del Palacio de los Marqueses de Villafranca”, publicada por la RAI en 2008.

[3] Arturo Mélida y Alinari (1849-1902) fue un destacado arquitecto, pintor y escultor, hermano del pintor Enrique Mélida y del arqueólogo José Ramón Mélida. Trabajó como arquitecto del pabellón español de la Exposición Universal de París de 1889. Suya es también el pedestal del Monumento a Colón en la madrileña plaza de Colón (la figura del descubridor es de Suñol). Decoró muchos palacetes de la aristocracia y alta burguesía, entre ellos este de los condes de Pino-hermoso. 

[4] Titulo nobiliario creado por Alfonso XIII el 6 de junio de 1907.

[5] Pablo Pérez Seoane adquirió el palacio de la calle de Don Pedro por compra a don José Álvarez de Toledo y Silva el 2 de diciembre de 1872.

[6] Juan Nepomuceno Pérez de Seoane y Roca de Togores, conde de Riudoms, era hijo de Pablo Pérez de Seoane, conde de Velle  y Enriqueta María Rocade Togores y Corradini, duquesa de Pino-hermoso. La nobleza de Pino-hermoso se desdobló siguiendo la línea de primogenitura Manuel  Pérez de Seoane y Roca de Togores, II Duquede Pino-hermoso, hermano del anterior. A la muerte de don Juan, siguió habitando el palacio su viuda María Roca de Togores y Pérez del Pulgar quien falleció en 1950.